dimarts, 20 de novembre del 2012


                                                                                                                             4 de septiembre de 2012
Mi querido abuelo,
Cada vez que vuelvo a esa gran casa de la Cerdaña, ese caserío de paredes blancas que teníais la abuela y tú, los recuerdos invaden mi mente. Recuerdo esos maravillosos veranos que pasé con vosotros des de que tenía 4 años, once en total. Des de que era un completo renacuajo pasaba los 3 mejores meses del año viviendo con vosotros y mi primo en esa masía, unos meses que no olvidaré por mucho que los años caigan sobre mis hombros.
Me vienen a la memoria esos inolvidables días calurosos en los que nos llevabas contigo en esa barca de remos de madera vieja, y pasábamos mañanas enteras pescando y tomando el sol en el lago que había a los alrededores de la casa. Recuerdo muy bien esa pequeña barca, que cada año, pintábamos de nuevo y le arreglábamos cualquier fallo que pudiera tener, para poder vivir otros momentos estupendos, y recordar los ya vividos.
Si cierro ligeramente los ojos, aún oigo el runruneo del arroyo de donde cogíamos los renacuajos; noto el sabor de la tarta de frambuesas que hacíamos con la abuela, con las frambuesas que habíamos cogido unas pocas horas antes, pero que a veces, no teníamos suficientes porque Javi y yo nos las habíamos comido en el camino de vuelta al caserío; noto el olor de los bosques, y la melodía del viento y los árboles, que siempre nos parábamos a escuchar; me siento como si aún estuviéramos en esas cabañas hechas de ramas, en medio del bosque, que habíamos construido Javi y yo; revivo esas sensaciones que sentí, cuando vivimos aquellos miles de aventuras los cuatro juntos.
Son muchos, muchísimos, los recuerdos felices que me trae este caserío, pero ahora que está vacío, noto también el vacío en mi interior. La abuela se ha ido a vivir con los tíos y con Javi, y nos vemos de vez en cuando. Pero cada vez que veo sus ojos grises azulados, con la expresión agradable que siempre tiene la abuela en la cara, no puedo evitar pensar en el abuelo que hizo posible que tuviera unos veranos tan fantásticos; el abuelo que arreglaba todos los males con una comida riquísima, una buena siesta y unos caramelos después de bañarnos al lago; el abuelo que quería con toda mi alma, pero que, a pesar de todo, la muerte fue cruel y me lo arrebató con un desafortunado accidente de coche.
Quiero pensar que, donde sea que estés, podrás leer esta carta que te estoy escribiendo, porque nunca te agradecí lo suficiente todo lo que hiciste por mí. Quiero que sepas, que nunca olvidaré nada de lo que vivimos; nunca olvidaré esas manos firmes, esos profundos ojos castaños, ni ese carácter divertido, testarudo y afable a la vez.
Se te echa mucho de menos aquí, y no dejo de pensar qué hubiera pasado si aquél día hubiese insistido un poco más para que no fueras a la ciudad con el coche... Javi, la abuela y yo hemos decidido que seguiremos la tradición, y volveremos todos los veranos a aquella casa, para tener más cerca al abuelo que nos abandonó en un nefasto 4 de julio.
Pienso que nunca te perderemos del todo, porque seguirás viviendo en nuestra memoria, el recuerdo de ese abuelo que nos cuidó como a sus hijos, perdurará a lo largo de los años, escrito en tinta indeleble en lo más profundo de nuestro corazón.


Te quiere y te recuerda,
Mar