4 de septiembre de 2012
Mi
querido abuelo,
Cada vez
que vuelvo a esa gran casa de la Cerdaña, ese caserío de paredes
blancas que teníais la abuela y tú, los recuerdos invaden mi mente.
Recuerdo esos maravillosos veranos que pasé con vosotros des de que
tenía 4 años, once en total. Des de que era un completo renacuajo
pasaba los 3 mejores meses del año viviendo con vosotros y mi primo
en esa masía, unos meses que no olvidaré por mucho que los años
caigan sobre mis hombros.
Me vienen
a la memoria esos inolvidables días calurosos en los que nos
llevabas contigo en esa barca de remos de madera vieja, y pasábamos
mañanas enteras pescando y tomando el sol en el lago que había a
los alrededores de la casa. Recuerdo muy bien esa pequeña barca, que
cada año, pintábamos de nuevo y le arreglábamos cualquier fallo
que pudiera tener, para poder vivir otros momentos estupendos, y
recordar los ya vividos.
Si cierro
ligeramente los ojos, aún oigo el runruneo del arroyo de donde
cogíamos los renacuajos; noto el sabor de la tarta de frambuesas que
hacíamos con la abuela, con las frambuesas que habíamos cogido unas
pocas horas antes, pero que a veces, no teníamos suficientes porque
Javi y yo nos las habíamos comido en el camino de vuelta al caserío;
noto el olor de los bosques, y la melodía del viento y los árboles,
que siempre nos parábamos a escuchar; me siento como si aún
estuviéramos en esas cabañas hechas de ramas, en medio del bosque,
que habíamos construido Javi y yo; revivo esas sensaciones que
sentí, cuando vivimos aquellos miles de aventuras los cuatro juntos.
Son
muchos, muchísimos, los recuerdos felices que me trae este caserío,
pero ahora que está vacío, noto también el vacío en mi interior.
La abuela se ha ido a vivir con los tíos y con Javi, y nos vemos de
vez en cuando. Pero cada vez que veo sus ojos grises azulados, con la
expresión agradable que siempre tiene la abuela en la cara, no puedo
evitar pensar en el abuelo que hizo posible que tuviera unos veranos
tan fantásticos; el abuelo que arreglaba todos los males con una
comida riquísima, una buena siesta y unos caramelos después de
bañarnos al lago; el abuelo que quería con toda mi alma, pero que,
a pesar de todo, la muerte fue cruel y me lo arrebató con un
desafortunado accidente de coche.
Quiero
pensar que, donde sea que estés, podrás leer esta carta que te
estoy escribiendo, porque nunca te agradecí lo suficiente todo lo
que hiciste por mí. Quiero que sepas, que nunca olvidaré nada de lo
que vivimos; nunca olvidaré esas manos firmes, esos profundos ojos
castaños, ni ese carácter divertido, testarudo y afable a la vez.
Se te
echa mucho de menos aquí, y no dejo de pensar qué hubiera pasado si
aquél día hubiese insistido un poco más para que no fueras a la
ciudad con el coche... Javi, la abuela y yo hemos decidido que
seguiremos la tradición, y volveremos todos los veranos a aquella
casa, para tener más cerca al abuelo que nos abandonó en un nefasto
4 de julio.
Pienso
que nunca te perderemos del todo, porque seguirás viviendo en
nuestra memoria, el recuerdo de ese abuelo que nos cuidó como a sus
hijos, perdurará a lo largo de los años, escrito en tinta indeleble
en lo más profundo de nuestro corazón.
Te quiere
y te recuerda,
Mar